Un encuentro entre arte y memoria. Nueva Gibellina, el pueblo siciliano nacido luego del terremoto.



Como estudiante de arquitectura, ante un ejercicio imaginario de diseñar una ciudad creíamos que eso sólo sucedía en un taller utópico, sin embargo cuando transité las calles de Nueva Gibellina, no pude dejar de recordar las noches de entrega, las láminas encintadas en el tablero y el programa de necesidades planificado por la cátedra de turno.

Durante la madrugada del 15 de enero de 1968, un catastrófico terremoto marcó el antes y el después para miles de familias.


Gibellina era un pueblo, como otros, ubicado en el valle de Belice, Sicilia, Italia. Allí, la vida transcurría con normalidad. Vivían y amaban su pueblo productor de viñedos y olivares.

A pesar de los temblores del día anterior, creyendo que lo peor había pasado, la gente buscó refugiarse del frío y la nieve en sus casas; de repente, todos los recuerdos impregnados en los muros colapsaron mientras dormían y nada quedó en pie. Ciento cincuenta fueron las víctimas fatales, miles de heridos de los más de cinco mil habitantes que debieron buscar un nuevo refugio. Familias divididas buscando albergue y dónde transitar el shock de lo que estaban viviendo.



El tiempo pasó y gracias a las amistades del Síndaco del pueblo, Ludovico Corrao, un grupo de arquitectos y artistas contemporáneos se sumaron al proyecto de la reconstrucción de Gibellina, en un nuevo enclave a 15 km del anterior. Al proyecto se lo denominó Dream in progress.

De la mano de decenas de artistas nace Nueva Gibellina, pretendiendo mostrar la catástrofe vivida por sus habitantes.

Diseñan el espacio urbano e incluyen numerosas obras escultóricas, instalaciones que constituyen el museo a cielo abierto y que nos muestran que toda una comunidad se encontró sin hogar y sin identidad.




Como aquella hoja en blanco que teníamos en la facultad, los arquitectos han tenido la tierra de la colina y llevaron obras de arte contemporáneo que nunca antes Gibellina había tenido. Bastaría ver la imagen de la iglesia de antes y la que hoy es el centro de culto para los gibellinesi, para advertir el cambio al que fueron expuestos. Una esfera blanca, como si se tratara de una central nuclear en uno de los extremos del pueblo es ahora la iglesia madre.




Hoy podemos ver la idea de diseño que existió en origen pero, pasados los años, la pregunta es si la gente pudo apropiarse de esos espacios públicos; espacios creados como hermosos diseños que se verían maravillosamente bien en una planta de techo pero que distan de la identidad que tenía el pueblo arrasado. La atmósfera parece fría, sin vida.

En este caso, tal vez el programa de necesidades no fue el apropiado, no habrían tenido en cuenta al grupo social y, en su lugar, continuaron con un experimento de taller de diseño. Ese conjunto ecléctico de obras conforman la identidad del nuevo pueblo que a pesar de los años no muestra señales de pertenencia. Estábamos visitando el vivero abierto cuando la maniobra repentina de un automóvil lo atravesó, dibujando una calle donde no la hay. Será este el comportamiento de todos, habrá sido casualidad?



La reconstrucción de Gibellina, en particular, en las décadas posteriores al terremoto, ha devuelto un lugar para vivir a muchas personas sin hogar, de aquellas que originariamente vivían en la vieja Gibellina, pero también a "ajenos o extranjeros de aquella historia".

Muchas son las obras que podemos ver y recorrer. La falta de mantenimiento de las numerosas estructuras han devuelto una imagen de deterioro a una comunidad que nunca ha olvidado las ruinas de la ciudad vieja.

Actualmente han incorporado una obra realizada con miles de selfies que forman tres ojos, que representan la mirada de tres generaciones. Es excelente el trabajo y el mensaje que transmite ya que se busca a través de esas fotografías generar el vínculo estrecho entre los habitantes y el entorno.




Ante esa mirada se crea sobre los restos de la antigua Gibellina EL CRETTO, conocido como el Cretto de Burri por el apellido de su autor Alberto Burri.




En la búsqueda de perpetuar los recuerdos, en el año 1981 se proyecta como una especie de memorial o mausoleo, considerado el land art más largo del mundo. Mediante la utilización de hormigón blanco se reconstruyen las parcelas pudiendo, no solo volver a transitar las calles, sino caminar por sobre ellas como una especie de plazas. El artista partió de la idea de un “cofre estéril” para transmitir un recuerdo, pero también un deseo optimista de cómo levantarse ante un desastre de esta magnitud. Quiso recomponer todos los escombros de Gibellina y convertirlo en un símbolo gigantesco, recorriendo las calles y callejones de la ciudad vieja.


El lema de Nueva Gibellina es: "el arte no es superfluo". A pesar de poder admirar individualmente las obras, en lo general sigo teniendo ese sentimiento de falta de apropiación por parte de los habitantes a quienes trasladaron desde los refugios en los que estuvieron por algunos años, en espera de sus nuevas casas, y como muñecos de maqueta fueron introducidos en la nueva planificación.


En nuestro recorrido por el valle de Belice dejamos para el final el Cretto de Burri y elegimos el punto más alto para sentarnos a ver el atardecer. Las colinas bañadas por el color naranja y lo sugestivo del lugar, en silencio invitan a la reflexión sobre lo que realmente es importante; valorar el momento que vivimos sin estar atrapados por las cosas materiales.

La fuerza del ser humano es inimaginable y no hay desastre natural que pueda doblegarlo. El desastre se lleva todo, menos la creatividad para reinventarse.



PH: @photographytravelbook

 

Sobre nosotros

Somos Walter y Valeria, una pareja nómada Italo-Argentina. Dejamos atrás una vida acomodada y decidimos salir de nuestra zona de confort, para disfrutar de nuestras pasiones. Habíamos vivido casi medio siglo cuando tomamos la decisión, ahora, esperamos vivir la otra mitad viajando.

 

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